| Viernes 11 de septiembre, 2026 | ||
Reflexión diaria |
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¿Cómo instituyó Jesús la Eucaristía?
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Este relato, el más antiguo acerca de los acontecimientos que tuvieron lugar en el Cenáculo, procede del Apóstol Pablo, quien, sin ser testigo presencial, escribió lo que se conservaba como misterio sagrado en la joven comunidad cristiana y se celebraba en el culto divino. YouCat, n. 210
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| Jueves 10 de septiembre, 2026 | ||
Reflexión diaria |
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«¡Tú serás transformado en mí!»
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San Agustín, Doctor de la Iglesia
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| Miércoles 9 de septiembre, 2026 | ||
Reflexión diaria |
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La Santa Misa nos hace considerar la vida, pasión y muerte de Jesús.
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Así, en el sacramento, nos recuerda la resurrección de nuestros cuerpos a la gloria, ya que, como él, cesando su estado sacramental se va a residir al seno de su Padre, así las almas humanas, cesando su estado de vida presente, pasarán a morar eternamente en las moradas del cielo en el seno de Dios, mientras que nuestros cuerpos se consumarán al igual que las especies sacramentales, como si ya no tuvieran existencia; pero después, con un prodigio de la omnipotencia de Dios, adquirirán la vida el día de la Resurrección Universal, y unidos a la propia alma se irán a gozar, si fueron buenos, la eterna bienaventuranza de Dios; mas en el caso contrario, se apartarán de Dios, para sufrir los más atroces y eternos tormentos. Sierva de Dios Luisa Piccarreta; Diario, volumen 1
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| Martes 8 de septiembre, 2026 | ||
Reflexión diaria |
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¿En qué se transforman los que reciben la Eucaristía? En cuerpo de Cristo.
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San Juan Pablo II; Carta Encíclica Ecclesia de Eucharistia, n. 23.
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| Lunes 7 de septiembre, 2026 | ||
Reflexión diaria |
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Debéis conocer lo que debéis recibir a diario.
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![]() Debéis conocer lo que habéis recibido, lo que vais a recibir y lo que debéis recibir a diario. Este pan que vosotros veis sobre el altar, santificado por la palabra de Dios, es el Cuerpo de Cristo. Este cáliz -mejor, lo que contiene el cáliz-, santificado por la palabra de Dios, es la Sangre de Cristo. Por medio de estas cosas quiso el Señor dejarnos su Cuerpo y Sangre, que derramó para la remisión de nuestros pecados.
San Agustín; Sermón 227: BAC 447, 285
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| Domingo 6 de septiembre, 2026 | ||
Reflexión diaria |
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«¡Ofreciéndonos como hostia viva…!»
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Homilía del Santo Padre Benedicto XVI
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| Sábado 5 de septiembre, 2026 | ||
Reflexión diaria |
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Habiendo amado a los suyos, los amó hasta el fin.
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Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1337
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| Viernes 4 de septiembre, 2026 | ||
Reflexión diaria |
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Los soldados de Cristo se han de armar de una fe incorrupta.
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Armemos pues la mano derecha con la espada del espíritu, para que rechace con valentía los sacrificios funestos, se acuerde de la Eucaristía y abrace al Señor con la misma mano que recibe su Cuerpo, y que después ha de recibir el premio de las coronas celestiales. San Cipirano; Carta 58, 1y9: BCG 255, 246, 254-255
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| Jueves 3 de septiembre, 2026 | ||
Reflexión diaria |
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La Eucaristía es como la zarza ardiendo que no se consume.
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P. Guillermo Pons; La Eucaristía en los textos de los Padres de la Iglesia.
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| Miércoles 2 de septiembre, 2026 | ||
Reflexión diaria |
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¿Qué sucede con la Iglesia cuando celebra la Eucaristía?
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Se critica con frecuencia a la Iglesia, como si únicamente fuera una asociación de hombres más o menos buenos. En realidad, la Iglesia es lo que se realiza diariamente de un modo misterioso sobre el altar. Dios se entrega por cada uno de nosotros y quiere transformarnos mediante la Comunión con él. Como seres transformados deberíamos transformar el mundo. Todo lo demás que la Iglesia es también, es secundario. Youcat, 217
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| Martes 1 de septiembre, 2026 | ||
Reflexión diaria |
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¿Cuál es la importancia de la Eucaristía para la Iglesia?
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No somos Iglesia porque colaboramos a su sostenimiento, porque nos llevamos bien unos con otros o porque casualmente hayamos caído en una comunidad, sino porque en la Eucaristía recibimos el Cuerpo de Cristo y continuamente somos transformados en el Cuerpo de Cristo. YouCat, n. 211
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| Domingo 30 de agosto, 2026 | ||
Reflexión diaria |
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«Un solo acto de culto»
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He aquí el mismo dinamismo del banquete pascual de Jesús resucitado con sus discípulos: en el camino les explicaba las Escrituras, luego, sentándose a la mesa con ellos, «tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio». Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1346-1347.
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| Sábado 29 de agosto, 2026 | ||
Reflexión diaria |
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La medicina celestial es el venerable sacramento de la Eucaristía.
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San Ambrosio de Milán; Los sacramentos n. 5, 4, 25: BPa 65, 124
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| Viernes 28 de agosto, 2026 | ||
Reflexión diaria |
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Reuniros frecuentemente para la Acción de Gracias.
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San Ignacio de Antioquía, A los esmirniotas, 8,1-2 FuP 1,177
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| Jueves 27 de agosto, 2026 | ||
Reflexión diaria |
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Acoger en la fe el don de la Eucaristía es acoger a Jesús mismo.
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Catecismo de la Iglesia Católica, 1336.
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Porque yo he recibido una tradición que procede del Señor y que a mi vez os he transmitido: Que el Señor Jesús, en la noche en que iba a ser entregado, tomó pan y, pronunciando la Acción de Gracias, lo partió y dijo: «Esto es mi cuerpo que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía». Lo mismo hizo con el cáliz, después de cenar, diciendo: «Este cáliz es la Nueva Alianza en mi sangre; haced esto cada vez que lo bebáis, en memoria mía»
Era como si oyera una voz de lo alto: «Soy el alimento de los fuertes; ¡crece y aliméntate entonces de mí! Pero tú no me transformarás en ti como un alimento corporal, sino que tú serás transformado en mí».
La Santa Misa nos hace considerar la vida, pasión y muerte de Jesús, a la cual le sigue su gloriosa resurrección, con la diferencia de que todo esto fue vivido por la humanidad de Cristo y se cumplió durante el transcurso de 33 años, pasados realmente en las diferentes vicisitudes de la vida, mientras que en la Santa Misa, místicamente y en un breve espacio de tiempo, se renueva todo, en un estado de verdadero aniquilamiento, en el que las especies sacramentales contienen a Jesús vivo y verdadero, hasta que no lleguen a consumirse; de manera que después ya no existe su presencia sacramental en nuestros corazones, sino que regresa al seno de su divino Padre, como cuando resucitó de la muerte. Y luego, al ser consagradas nuevamente en la Santa Misa otras especies, desciende de nuevo a tomar el estado de víctima de paz y de amor propiciatorio, por lo que se renueva su estado sacramental para provecho nuestro, como viadores, y para satisfacción y gloria de su eterno Padre.
Con la comunión eucarística la Iglesia consolida también su unidad como cuerpo de Cristo. San Pablo se refiere a esta eficacia unificadora de la participación en el banquete eucarístico cuando escribe a los Corintios: «Y el pan que partimos ¿no es comunión con el cuerpo de Cristo? Porque aun siendo muchos, un solo pan y un solo cuerpo somos, pues todos participamos de un solo pan» 
Invocando la materna protección de María Santísima, pidamos que cada vez que participemos en la Eucaristía nos hagamos también testigos de la caridad, que responde al mal con el bien
El Señor, habiendo amado a los suyos, los amó hasta el fin. Sabiendo que había llegado la hora de partir de este mundo para retornar a su Padre, en el transcurso de una cena, les lavó los pies y les dio el mandamiento del amor. Para dejarles una prenda de este amor, para no alejarse nunca de los suyos y hacerles partícipes de su Pascua, instituyó la Eucaristía como memorial de su muerte y de su resurrección y ordenó a sus apóstoles celebrarlo hasta su retorno, «constituyéndoles entonces sacerdotes del Nuevo Testamento».
No creamos que lo que ahora viene es lo mismo que lo pasado: se acerca un combate más fuerte y más cruel, para el que los soldados de Cristo se han de armar de una fe incorrupta y de un valor vigoroso, pensando que para eso beben cada día el cáliz de la Sangre de Cristo, para que también ellos puedan verter por Cristo su sangre.
Realmente el misterio eucarístico es como la zarza ardiendo
Cada vez que la Iglesia celebra la Eucaristía se sitúa ante la fuente de la que ella misma brota continuamente de nuevo: en la medida que la Iglesia «come» del Cuerpo de Cristo, se convierte en Cuerpo de Cristo, que es sólo otro nombre de la Iglesia. En el sacrificio de Cristo, que se nos da en cuerpo y alma, hay lugar para toda nuestra vida. Nuestro trabajo y nuestros sufrimiento, nuestras alegrías, todo lo podemos unir al sacrificio de Cristo. Si nos ofrecemos de este modo, seremos transformados: agradamos a Dios y para nuestros prójimo somos como buen pan que alimenta.
La celebración de la Eucaristía es el centro de la comunidad cristiana. En ella la Iglesia se convierte en Iglesia.
La liturgia de la Palabra y la liturgia Eucarística constituyen juntas «un solo acto de culto»; en efecto, la mesa preparada para nosotros en la Eucaristía es a la vez la de la Palabra de Dios y la del Cuerpo del Señor.
Si el pan es cotidiano, ¿por qué esperas un año para que lo recibas, como acostumbran a hacerlo los griegos en Oriente? Recibe cada día lo que te aprovecha cada día. Vive de tal modo que, cada día merezcas recibirlo. Quien no merece recibirlo cada día, no merece recibirlo después de un año. Por tanto, oyes decir que cada vez que se ofrece el sacrificio se significa la muerte del Señor, la Resurrección del Señor, la Ascensión del Señor y la remisión de los pecados, ¿y no recibes este pan de vida cada día? El que tiene una herida busca la medicina. La herida es para nosotros, estar bajo el pecado; la medicina celestial es el venerable sacramento.
Así pues, esforzaros por reuniros frecuentemente para la Acción de Gracias (Eucaristía) y gloria de Dios. Pues cuando os reunís con frecuencia, las fuerzas de Satanás son destruidas, y su ruina (la que prepara para otros) se deshace por la concordia de vuestra fe.
El primer anuncio de la Eucaristía dividió a los discípulos, igual que el anuncio de la pasión los escandalizó: «Es duro este lenguaje, ¿quién puede escucharlo?». La Eucaristía y la cruz son piedras de tropiezo. Es el mismo misterio, y no cesa de ser ocasión de división. «¿También vosotros queréis marcharos?»: esta pregunta del Señor resuena a través de las edades, como invitación de su amor a descubrir que sólo El tiene «palabras de vida eterna», y que acoger en la fe el don de su Eucaristía es acogerlo a El mismo.